jueves, 24 de enero de 2013

“Ice Haven”, de Daniel Clowes.




Como afortunadamente por fin se está empezando a descubrir en España esa maravilla de Clowes que es “El Rayo Mortal”, cuya publicación ya reivindiqué por aquí, me apetece destacar hoy la que para mí gusto es la obra que mejor permite iniciarse en su rico universo, compendio en fondo y forma de su manera de entender el cómic. Me estoy refiriendo a “Ice Haven”, publicado afortunadamente hace ya unos años en España por Random House Mondadori.

La pequeña localidad de Ice Haven es el típico pueblecito norteamericano de rectas calles pavimentadas y cháles aparcelados donde aparentemente nunca pasa nada digno de comentarse. Sin embargo, bajo esa pátina de civilización y monotonía bulle un mundo de emociones soterradas y dramas silenciosos, deseos reprimidos y obsesiones inconfensables protagonizadas por sus anodinos y convencionales habitantes

“Ice Haven” marca un punto de inflexión en la obra de Daniel Clowes y es la que mejor define sus intereses e inquietudes, encerrándose en la aparente sencillez de su envoltorio un resumen de toda su obra anterior y, como hemos comprobado después, posterior. A través de la concatenación de diversas historias cortas protagonizadas por una variopinta galería de personajes que, como mínimo tienen en común la localización en la anodina Ice Haven del título, un lugar imaginario tan cotidiano cómo cualquier suburbio residencial en cualquier ciudad occidental,  Clowes hace un recorrido en torno a sus temas recurrentes centrados en la alienación e incomunicación de las sociedades contemporáneas y su propio posicionamiento autoral. De este modo, entre los múltiples personajes que aparecen bosquejados en el cómic el lector que conozca la obra del autor identificará a muchos de sus protagonistas  y  el enunciado de los temas e intereses desarrollados en profundidad en esas obras, tratándose en cierta forma “Ice Haven” de la reunión de todos ellos.

Clowes con parsimonia nos va guiando poco a poco a través de ese elenco coral de individuos inadaptados y extraños de diversa edad, sexo y condición a los que va presentando, desplegando progresivamente ante el lector sus interrelaciones para que este entienda la amplitud de sus pretensiones y contenidos al tiempo que incorpora una trama de suspense en torno a un niño desaparecido que da hilazón al conjunto. Sin embargo, ese es solo uno de los muchos intereses de Clowes en la obra, ya que realmente a través del diálogo continuo de unos personajes que rompen constantemente la cuarta pared, comprobamos cómo en todas sus tramas son elementos comunes la aprobación y la reafirmación de la identidad propia frente a la incomprensión ajena y la necesidad de comunicación, aprovechando el protagonismo que el autor les da en cada una de sus historias. De este modo, y de la adicción de los diversos relatos, Clowes  construye un alegato en torno a la incomunicación en las sociedades modernas, pero al mismo tiempo que, cómo avisa por boca de uno de sus personajes crítico en cómic, una radiografía de su personalidad, intereses y obsesiones que no hay que tomar necesariamente al pie de la letra.

El experimento de Clowes no es nuevo y ya lo habíamos visto planteado en películas como “Vidas Cruzadas” o “Happyness” y cómics como “Palomar”. Sin embargo, Clowes es mucho más ambicioso en sus intenciones, no limitándose a contar una historia global de un espacio geográfico  a partir del entrelazamiento de las paralelas de sus protagonistas sino que por boca de uno de sus personajes reflexiona en torno a su propio medio de expresión.

Aparte de sus sobresalientes recursos narrativos y originalidad,  en “Ice Haven Clowes actualiza referentes clásicos como Steve Ditko, los cómics de E.C. o las tiras de prensa para abrir la puerta al patio que se encierra en su subconsciente evocando influencias que van desde Schultz a Htichcock o Toole.

La obra anterior y posterior de Clowes amplía el complejo entramado de obsesiones expuesto en este cómic, constityendo la piedra rosetta a partir de la cuál intentar comprender a uno de los autores contemporáneos más enigmáticos e inteligentes del panórama mundial.

miércoles, 23 de enero de 2013

Gallardo y Mediavilla de Movida o de Paraíso a Tapones Visente.





En aquellos tiempos de la Movida ochentena los intercambios y homenajes entre distintas disciplinas estaban al orden del día como ya comentamos hace poco  por aquí. De este modo, no era extraño que un grupo ecléctico, explosivo y marginal como el Paraíso  de Fernando Márquez “El Zurdo” dedicara en 1980 una canción a un personaje de cómic como  el emblemático Makoki, obra de Gallardo y Mediavilla, nacido en 1977 y santo y seña del cómic underground patrio.

En 1983, con el efímero Paraíso ya disuelto y sus miembros dispersos en otras formaciones, Gallardo y Mediavilla se encargaron de la portada del disco “Paraíso” en el que se recogía la canción de cabecera y tres más que el grupo había grabado para participar en el programa televisivo Popgrama.

Así sonaba en la tele el Makoki de Paraíso:


No fue este el único escarceo de los autores de "Makoki" en el panorama musical de la llamada Movida pues también se encargaron en 1984 de la portada de “HawHaw” en 1984, el único disco de Tapones Visente, fugaz formación punk fundada por Luis Rodríguez El Pulgar, también conocido como Pulgarcito y, por aquella época, Lou Kovalski.

Os dejo "Mamaita", la libre versión que el grupo realizó del "Holidays in the sun", de los Sex Pistols:

martes, 22 de enero de 2013

“El invierno del mundo”, de Ken Follett.




Continua el prolífico Ken Follett con su repaso a la Historia del Siglo XX iniciado con La Caída de los Gigantes”, la primera novela de la serie “The Century”, de la que ya escribí por aquí, en la que embarca a sus personajes de lleno en la vorágine de la ascensión de los nazis al poder y la II Guerra Mundial.

Una nueva generación de las cinco familias que ya protagonizaran “La Caída de los Gigantes” toma el relevo de sus mayores para ser protagonistas y testigos desde los diversos bandos los cambios producidos en el mundo occidental desde el inicio de la década de los treinta hasta los inicios de la Guerra Fría, viviendo el alzamiento del nazismo y la II Guerra Mundial, la Guerra Fría y el inicio de la Carrera Armamentística entre los dos bandos.

Tengo que reconocer que esta segunda entrega de “The Century” me ha gustado algo más que la primera debido en buena parte al marco histórico incomparable que ya había demostrado conocer el escritor galés tan bien en sus novelas de espionaje aun cuando evidentemente sus protagonistas acusen la rigidez artificiosa y estereotipada de los personajes inmaculados y sus sencillas tramas resulten predecibles y escasamente originales. A pesar de ello, hay que reconocer el mérito de Follett de volver a conseguir mantener el interés a lo largo de sus casi mil páginas en las diferentes tramas familiares que desarrolla entremezcladas con los acontecimientos históricos universales haciendo estos accesibles y atractivos  a un público muy amplio y variopinto para el que está pensado hasta el último detalle de la novela.

A pesar de ello, resulta un poco amargo la ausencia de un posicionamiento más crítico en torno a los hechos narrados por parte de un autor que ha intentado obviar cualquier tipo de posicionamiento ideológico propio en sus personajes manteniendo una rígida neutralidad sobre los hechos presentados lo que acaba restando aun más credibilidad a las tramas ideadas protagonizadas por unos personajes idealistas e idealizados que se sitúan por encima del común de los mortales.

A pesar que me ha gustado más que la anterior,  me temo que “El invierno del mundo” confirma mi sospecha inicial que “The Century” está más cerca de convertirse en la versión literaria de  Cuéntame” que en unos nuevos “Episodios Nacionales”. Debe ser consecuencia del signo de los tiempos.

lunes, 21 de enero de 2013

“The League of Extraordinary Gentlemen Century: 2009”, de Alan Moore y Kevin O’Neill.


Planeta acaba de publicar la nueva entrega de  La Liga de los Caballeros Extraordinarios” de los señores Moore y O’Neill ambientada en el año 2009 con la que se completa la trilogía “Century”, de la que ya comentamos aquí y aquí.

Tras su fracaso en intentar frustrar los planes de Oliver Haddo en1969, los miembros sobrevivientes de la Liga de los Extraordinarios Caballeros se han separado y abandonado su misión. En el oscuro y deprimente 2009, Alan Quatermain malvive en la indigencia, Mina Harker lleva cuatro décadas ingresada en un manicomio y Orlando mata el tiempo y a quién se tercie combatiendo de guerra en guerra. Sin embargo, cuando Prospero vuelve a ponerse en contacto con Orlando para que retomen su misión, este iniciará la búsqueda de sus compañeros para su enfrentamiento final con el Anticristo.

Incluso en sus obras menores, Moore es un autor por encima de la media y en un tebeo  decepcionante como ha resultado ser este último acto de “Century” incorpora elementos accesorios curiosos que lo disculparán a ojos de sus innumerables seguidores aunque difícilmente se podrá cerrar los ojos a un autor que abusa de la autoreferencia hasta el punto de caer en la parodía.

Moore construye “Century: 2009” a partir de una trama en exceso simple y predecible que se enriquece, como los dos primeros actos de “Century” y los anteriores volúmenes de "La Liga de los Caballeros Extraordinarios", de los guiños y referencias que el hermético Moore va incorporando para otorgarle algo de sustancia aunque al contrario que las anteriores entregas esta carezca de la ilusión de una continuación  que nos sorprenda y nos enfrenta con la constatación de un tebeo estructural y argumentalmente alejado del talento que el guionista ha demostrado en tantas obras anteriores.

Por tanto, “Century: 2009 es un desenlace decepcionante para las expectativas generadas en el que Moore presenta una visión decadente de un 2009 oscuro y desesperanzado en el que el mundo se encuentra inmerso en continuas guerras y una crisis económica y de valores permanente en el que la creatividad ha tocado fondo y para el que no propone soluciones constructivas ni alternativas. Resulta sintomático de esa crisis cultural, y habla bien de la fina ironía de Moore, que se cebe con los insulsos mundos mágicos de J.K. Rowlings y sus harripotteres que los autores disfrutan masacrando en una  metáfora en torno a la cada vez más frecuente violencia en las aulas que es de lo mejorcito del tebeo y, sin embargo, trate con una mayor benevolencia tanto al trío protagonista como a los más velados referentes que aparecen como personajes secundarios otorgándose una posición moral predominante y algo perdonavidas con la que Moore parece sentirse tan agusto.

Mucho más interesante que lo que nos cuenta Moore es lo que sugiere con sus habituales referencias metaficcionales poniendo en boca de sus personajes sus particulares obsesiones recurrentes en sus obras. De este modo, los cariacontencidos protagonistas se preocupan y preguntan en torno a las causas de la crisis de este nuevo milenio y sus manifestaciones culturales, las metarelaciones entre ambas  y sus causas al tiempo que Moore les otorga a los personajes consciencia de su propio condición ficcional y la fatalidad de su destino heroico en un curioso y fallido duetto operístico en el que interpretan algunas de las piezas de ·”La ópera de los tres centavos” de Bretch que en parte parece ser ha inspirado toda la trilogía.
 
En el aspecto gráfico, ya sabéis que  Kevin O’Neill es una de mis debilidades y realiza, en mi opinión, un gran trabajo volviendo a sorprender con su habilidad para recrear un Londres triste, distópico y decadente por el que transitan los personajes y que se convierte en un reflejo negativo y oscuro del luminoso y esperanzador que nos mostró en “1969 la anterior entrega de la serie incorporando, como es de recibo, múltiples referencias a la cultura popular para que pesquen –pesquemos- los aficionados a esos juegos .

En definitiva, “Century: 2009” supone un triste final para el último volumen de La Liga de los Extraordinarios Caballeros”, aun cuando los más fieles seguidores del barbudo de Northamptom disfrutemos de su erudición y espíritu crítico aun cuando  vengan envueltos en una fórmula tan desgastada y artificiosa.

viernes, 18 de enero de 2013

“Atmósfera Cero”, de Jim Steranko.




Pocos autores ha habido en el mainstream norteamericano que con un bagaje tan corto hayan tenido un impacto tan duradero y profundo cómo  Jim Steranko. Por ese motivo, resulta especialmente sangrante el empecinamiento con que algunas editoriales reeditan una y otra vez las mismas obras dejando otras, en mi opinión más importantes, permanentemente en el olvido. Es el caso, por ejemplo, de “Atmósfera Cero” .la adaptación al cómic que realizase Steranko en 1982 de la película homónima de Peter Hyams que vino a actualizar el clásico “Solo ante el peligro” en clave de ciencia ficción y  fuese publicada por primera vez seriada en la revista “Heavy Metal” y en España en un álbum unitario en la ya añeja edición de Eurocómics.  

El argumento supongo que es conocido por todos. Un policía es enviado a una aislada colonia minera de la luna de Júpiter Io donde se están produciendo extrañas muertes como consecuencia de la introducción de una droga que aumenta la producción de los mineros pero les causa delirios y la muerte. El policía (Sean Connery en la peli en una de sus mejores interpretaciones) está decidido a llegar al fondo de la investigación lo que provoca el rechazo de todos los que le rodean y acabará enfrentándose en solitario con unos asesinos enviados a acabar con él.

A diferencia de otras adaptaciones contemporáneas, Steranko no se limitó a hacer una adaptación literal de la película tirando de oficio sino que se implicó en la obra para dejar su impronta de calidad característica y adaptar realmente el argumento de la película a las posibilidades narrativas del lenguaje del cómic y no caer en el error habitual  en estos casos por aquella época de tratar de reproducir los ritmos del lenguaje eminentemente visual del cine a un medio necesariamente más pausado como es el cómic. 

Steranko, gran conocedor de ambos medios, realiza una adaptación magistral en la que tan importante es la importancia de la imagen a partir de la splash page doble que sirve de decorado como la secuencialización de la acción con viñetas más pequeñas o cuadros de texto  complementando el espectacular panel central y que permiten que la historia avance a partir del impacto visual inicial, incorporando antes que nadie, salvo un tal Bernard Krigstein, nociones de diseño al desarrollo de la historia que le permitieron introducir abundantes cartelas y diálogos sin que afectase al desarrollo gráfico de la narración.

Por otro lado, Steranko obvió cualquier tipo de acomodamiento gráfico optando siempre por las soluciones gráficas más innovadoras y espectaculares con profusión de escorzos y perspectivas arriesgadas llamadas a mantener la atención del lector al tiempo que da una especial importancia a la profundidad de campo para dotar de mayor profundidad a las viñetas y el cuidadoso tratamiento del color se convertía en un elemento primordial para guiar al lector y resaltar aquellos elementos visuales que el autor consideraba oportunos en cada composición

Atmósfera Cero” es uno de los grandes trabajos de Steranko y constituyó en su momento una revolución en la que se adelantó a su tiempo al dar una importancia trascendental al diseño de página a la hora de construir la narración cómo no se había visto desde los tiempos de Krigstein e innovó en la narración con una serie de recursos gráficos que pronto encontraron continuadores de la talla de Frank Miller o Howard Chaykiin en su momento al  últimamente tan ensalzado David Aja. Clama al cielo que una obra de este calibre no haya sido reeditada y lleve tantas décadas olvidada por los editores que no por los aficionados.

jueves, 17 de enero de 2013

“Little Ego”, de Vittorio Giardino.



Dentro de lo Erótico, en sus diferentes graduaciones, es tradición que una de sus fuentes de inspiración más habituales haya sido acudir a  la referencia - de la parodia más cutre al sentido homenaje - a obras de otros géneros y medios que sirviera de reclamo al potencial lector. Por supuesto, el Cómic no ha sido ajeno a esa corriente, pero sí que resulta destacable tanto por su calidad como por homenajear a otro cómic, una obra como el “Little Ego” del italiano Vittorio Giardino que en España publicó hace años Norma Editorial.

El punto de partida de las historias, planificadas para su publicación en revista aunque conforme la serie avanza surge una especie de continuidad entre ellas, es efectiva y sencilla. Ego es una hermosa joven que por las noches sueña las más surrealistas y sorprendentes fantasías para acabar despertando sobresaltada haciendo referencias a su psicoanalista.

Giardino rinde en “Little Ego” un explícito homenaje a una de las obras cumbres del Cómic de todos los tiempos “Little Nemo in Slumberland”, de Windsor McCay, manteniendo parte de la estructura narrativa de las historias ideadas por McCay y elementos visuales que aparece en sus páginas aunque ni de lejos se acerque a la complejidad de los mundos oníricos y los simbolismos de este, limitándose a hilvanar sencillas tramas que sirven de excusa para mostrar las sexys fantasías de la aparentemente inocente protagonista.

A pesar de ello, “Little Ego” es una pequeña joyita en su género merced a la calidad de un Vittorio Giardino quien con su dibujo pulcro y exquisito es capaz de acometer este conjunto de historias añadiendo un plus de calidad con su referencia al clásico que enriquece la lectura y lo convierte en un tebeo valorable por encima de otros clásicos del género erótico más conocidos y una obra a reivindicar.

miércoles, 16 de enero de 2013

Cartel del XXXI Salón de Barcelona.



Ya se ha anunciado la nueva edición del Salón de Barcelona  que se celebrará del 11 al 14 de Abril y se conoce el cartel obra del flamante premio nacional del cómic 2012, Alfonso Zapico. Un cartel inspirado –imagino- en su obra “Dublinés” y que se asocia al espíritu modernista de la ciudad  pero para mí gusto resulta excesivamente burgués y anacrónico si se pretende asociar el cómic con el público joven y el futuro. Da la sensación que el cómic es una cosa antigua cuando no es así. Pero, bueno, doctores tiene la iglesia…

Toda la información del Salón, aquí.

martes, 15 de enero de 2013

“El día del juicio”, de Alan Moore, Rob Liefeld y Gil Kane.





Aleta Ediciones reedita en una cuidada edición, junto a sus prolongaciones, la miniserie “El Día del Juicio” con la que en su momento el inefable Rob Liefeld pretendió reconducir el disparate de hipertrofiados héroes y siliconadas heroínas anoréxicas que creó para su propia editorial Awesome. Dadas sus limitaciones, dio un golpe de efecto único fichando a golpe de talonario –sí, como si de un futbolista se tratase- al pope supremo del fandom, el iracundo Alan Moore, soñando reverdecer así las viejas glorías ochentenas alcanzadas en “Watchmen” que revitalizaron el mortecino género superheroico en su momento.

Tras la juerga de celebración de su cumpleaños, el miembro de Youngblood Knightsabre despierta resacoso en la habitación de otra miembro del grupo Riptide para descubrir que ésta ha sido asesinada y todos los indicios apuntan a que él es el culpable. La conmoción provocada por el primer asesinato de un superhéroe a manos de otro conlleva la celebración de un juicio extraordinario del que toda la comunidad superheroica formará parte y en el que se removerán los orígenes del mismísimo universo superheroico a través de un repaso de su historia.

Aun alejado desde hacía tiempo del género superheroico, en su regreso al mismo Moore cumplió sobradamente - y aparentemente sin esforzarse demasiado - con los objetivos impuestos por Liefeld en una historia tan apañada como artificiosa en la que a partir de una socorrida trama procesal revitalizó el defenestrado universo creado por Liefeld, sentando las bases para construir nuevas historias a partir de los nuevos personajes y épocas que introdujo en esta miniserie a  poco que un ápice de su talento hubiera acompañado a sus posteriores continuadores. Para darle una mayor cohesión al deslavazado universo superheroico, Moore introduce un eficaz macguffin en forma de libro divino en el que se puede escribir y reescribir la historia por sus poseedores y a una galería de nuevos personajes que no dejaban de ser meros sucedáneos de los superhéroes Marvel y DC (algo que ya había hecho anteriormente el mismo Liefeld, por cierto), en particular, y los del pulp en general, insertándolos en momentos inspirados en las canónicas edades del género – Golden Age, Silver Age, Edad Oscura...- con lo que conectaba artificialmente a los imberbes personajes Awesome con una historia a la que hasta ese momento habían sido ajenos.

Cualquier comparación facilota entre “El Día del Juicio” y obras como “Watchmen” o “Crisis en Tierra Infinita” obedece  grosso modo al siempre necesario reclamo comercial, pues “El Día del Juicio” estructural y contextualmente está muy alejada  de aquellas. Sin embargo, y a pesar de su condición de obra menor y alimenticia dentro de la producción del de Northamptom, sí que tiene algunos elementos que la hacen interesante más allá del mero completismo. Al igual que en “Watchmen” el elemento desencadenante es la muerte de un superhéroe y guarda la ilusión de una estructura elíptica y cerrada en la que Moore juega con la idea de metacómic, menos evidente quizás como consecuencia de la impericia de Liefeld y el reparto coral de colaboradores que participaron gráficamente en la obra, y como “Crisis en Tierra Infinita” es una obra redefinitoria y coral de la que participan multitud de personajes, muchos de los cuáles son el germen de los que Moore desarrollaría para el Sello ABC (Promethea”, “Tom Strong”, “Smax…).

El aspecto gráfico, cómo es lamentablemente connatural a cualquier cómic en el que esté involucrado Liefeld, lastra buena parte del potencial de la historia ideada a pesar de contar con un elenco importante de colaboradores que no ayudan precisamente a dar una cohesión gráfica a la historia. Por desgracia, abundan los característicos personajes de anatomía imposible, los fondos inexistentes y los abisales fallos de raccord que mucho han debido hacer sufrir a Moore y que no pueden más que dar de pensar lo mucho que hubiera podido dar de sí esta historia si un David Gibbons o un George Perez se hubieran hecho cargo de la misma.

De los dos apéndices, “Prólogo a Youngblood” y “Secuelas”,  decir que apenas aportan gran cosa más allá de explotar algunas de las consecuencias derivadas de la trilogía principal, siendo lo más destacable que “Secuelas” fue  uno de los últimos trabajos del gran Gil Kane y en el acabado final se le rindió un bonito homenaje incorporándolo como personaje al mismo cómic para hacer de conductor a las cinco pequeñas aventuras explicadas con lo que Kane desempeñaba el único rol que quizás le quedaba por probar en la industría del cómic.

En fin, “El día del juicio” no pasa de ser un cómic entretenido y eficaz que se lee con agrado para todos aquellos que sean aficionados al género superheroico pero queda lejos de los trabajos más logrados de Moore. Y es que por muy bueno que sea el cocinero el pinche también debe ayudar para que el plato esté a la altura.

lunes, 14 de enero de 2013

“El Héroe: Parte 2”, de David Rubín.




Podría hacer una reseña de una sola línea de la esperada segunda parte de “El Héroe”, recientemente publicado por Astiberri Ediciones, diciendo que confirma las buenas expectativas generadas con la primera entrega de la que ya comenté por aquí y solo cabría refrendar lo ya escrito en su momento y quedarme tan ancho  Pero como un blog no es para tweetear y lo que me apetece es explayarme con el trabajo de David Rubín sería injusto quedándome tan corto en la alabanza a uno de los tebeos más ricos en recursos y originales en contenido pero, sobre todo, exportables que han aparecido en España en los últimos tiempos.

Lo de menos es que en esta segunda parte, Rubín acabe de adaptar con una renovadora e imaginativa visión pop y anime el imperecedero mito de los Doce Trabajos de Hércules, el semidiós que venciendo las múltiples zancadillas de la diosa Hera y su acólito Aristeo, se convirtió en un modelo para los mortales mostrando que otras vías eran posibles antes que aceptar la fatalidad de los designios de los despóticos dioses griegos. Eso no sería más que certificar de la finalización de la aventura iniciada en el primer tomo con el que conforma un todo unitario con el que la división en dos partes se debe más a una cuestión práctica que de contenidos, retomando la historia en este segundo tomo allá donde quedó en la finalización de la primera parte.

David Rubín es un autor que desde sus ya prometedores inicios ha madurado a pasos agigantados y con “El Héroe” ha revalidado esplendorosamente todo lo bueno que se le intuía, confirmándose como un autor rico en influencias variopintas pero que a diferencia de otros no se limita a realizar un hueco ejercicio de estilo en su trabajo, imitando las modas e influencias formales en boga sin tener nada especialmente interesante que contar. No, Rubín ha sabido captar la esencia didáctica del mito de Hércules para reinterpretarla y ampliarla, incorporando en sus distintos capítulos desde un libro de autoayuda hasta un ensayo sobre la paternidad, de una historia conmovedora de amor y desamor a una parábola admonitoria sobre la importancia de las ejemplarizantes insumisiones individuales frente a las injusticias de los poderosos perfectamente aplicable a los inciertos tiempos que afrontamos. Y toda esa carga de profundidad se enmascara bajo la apariencia solo formalmente sencilla de un cómic cinético y volátil, repleto de grandiosas onomatopeyas, rebosante de chillones colores y homenajes a la cultura de masas que el autor ha devorado con deleite, de esos que se lee  de un tirón en lo que no deja de ser una reafirmación del medio bastardo que ha elegido para expresarse para acometer transversal y coherentemente las más complejas temáticas.

Como decía más arriba, Rubín rebosa de influencias y homenajes a grandes maestros del cómic desde los omnipresentes clásicos Kirby, Peelaert o Tezuka a los no menos boyantes popes ochenteros como Frank Miller, Javier Olivares Mike Allred o Mazzuchelli, sin olvidar a interesantes contemporáneos como Bryan Lee O’Malley, Joann Sfar o David B. Rubín engulle todas esas influencias –y algunas más que seguro se me escapan- y las deglute en un estilo fresco, evocador pero no tributario, con el que en lugar de conformarse a ser un clon más o menos talentoso coreado por el patio se ha aplicado el cuento que predica y se ha erigido en un autor insatisfecho, exigente y autocrítico, el propio héroe de su historia enriqueciendo con su constante descontento  su obra para transformar la ya prometedora materia prima de sus primeras obras en un estilo sólido, ecléctico y rico  por la variedad de sus recursos narrativos y gráficos al infinito en “El Héroe”.

Rubín, como si fuese un alquimista medieval o un prestidigitador del siglo pasado, ha conseguido lo que muchos persiguen y pocos logran. La piedra filosofal de la cuadratura del círculo del noveno arte: un tebeo que es una novela gráfica y un manga de superhéroes que reconcilia al gafapasta posmoderno ávido de nuevas tendencias con la ortodoxia del superfriqui de los superhéroes adicto a los videojuegos de consola.

No sería de justicia que un tebeo tan rico como “El Héroe” se perdiera en el océano de oferta insustancial que nos abruma y no encontrase eco más allá de nuestras fronteras. Por su calidad y originalidad, es una obra que debería promocionarse adecuadamente fuera de España y ser estandarte de cómo se hace cómic por aquí más allá de nuestra fronteras colocando a Rubín, ya un autor maduro en lo creativo a pesar de su juventud, a la cabeza de una generación de jóvenes autores que han dejado de ser promesas para convertirse en realidades que deben salir a conquistar los salones internacionales de cómics. Y es que es el sino de los héroes abrir nuevos caminos.

domingo, 13 de enero de 2013

“Dago: La marca del látigo”, de Robin Wood y Alberto Salinas.



Segunda entrega de las aventuras de “Dago” publicadas en España por ECC Ediciones en su Biblioteca Robin Wood que reafirma, si falta le hacía, la calidad de la obra del duo Wood y Salinas, de la que ya escribí aquí y aquí.

En el segundo volumen de los cuatro anunciados,  La Marca del Látigo”, Wood evoluciona la etapa de esclavitud de Dago presentando a un protagonista más resabiado e inteligente que asimilado el aprendizaje del látigo adopta una actitud astuta frente a sus amos sacando el máximo partido a su existencia de esclavo  para acabar aliándose con Orbashá para convertirse en el azote de los otomanos de Solimán hasta que, víctima de nuevo de la desgracia que le acosa, acabar de nuevo convertido en esclavo hasta que la suerte parece por fin sonreírle al poner a la distancia de su daga a uno de los traidores que provocó la desgracia de la familia Renzi y lograr el favor de Barbarroja.

Realizar una serie río como “Dago” y ser capaz de mantener la calidad en cada entrega sin que la serie se resienta es enormemente difícil. Por ello cabe destacar aun más si cabe la inmensa labor de un hábil Robin Wood para saber mantener el nivel de la serie haciendo lentamente evolucionar al personaje protagonista enfrentándolo a nuevos conflictos y constantes perdidas a lo largo de su existencia esclava logrando presentar una y otra vez de manera novedosa parecidas situaciones y manteniendo intacto el interés por la trama principal.

Alberto Salinas sigue mostrando ser digno hijo de su padre, el gran José Luis Salinas, haciendo gala de su talento en la representación de personajes militares e históricos, cuidando hasta el último detalle la plasmación de sus indumentarias y aderezos pero, además, en historias como “La galera en el puerto de Argel” hace gala de una rica variedad de recursos narrativos con los que enriquece y refuerza la historia.

El conjunto de historias incluidas “La marca del látigo”no hace más que confirmar a “Dago” como una de las mejores series largas de Wood en la que dos autores en el momento cumbre de su talento sacan el máximo partido del bagaje adquirido durante toda una vida dedicada a contar grandes aventuras en viñetas. Seguiremos disfrutando con las próximas entregas.

sábado, 12 de enero de 2013

MAX y Radio Futura.



Una de las relaciones más fructíferas creativamente que se han dado en el panorama español entre un autor de cómics y un grupo musical fue la que ha reunido en diversas ocasiones a Radio Futura uno de los grupos más emblemáticos e influyentes de la música r española, con Francesc Capdevilla “MAX”, uno de los más talentosos autores patrios.

Esta fructífera relación se inicia, a mediados de los ochenta, cuando Santiago Auserón contactó con MAX, que había alcanzado un gran éxito con “Peter Pank”, para que realizase una historia corta para promocionar el nuevo disco de Radio Futura, “La Canción de Juan Perro”, sin duda el mejor disco de la banda. MAX acepta a cambio que el encargado del guión de la historia sea el propio Auserón. Este accede y de la colaboración entre ambos surge “El Canto del Gallo”, una de las mejores historias cortas del autor barcelonés en una época en la que estaba claramente influido por Yves Chaland, inspirada en la canción de mismo título que acabó incorporándose en el histórico álbum, aunque  finalmente  la historia no fue incluida con el álbum y apareció publicada por primera vez en “El Víbora”.

En 1992, la relación se retoma enl último disco de Radio Futura que incluye una canción novedosa, “Tierra para bailar”. El grupo musical ya estaba roto y el nuevo disco surge debido a las obligaciones contractuales que todavía mantenía con la productora. Se trata de un disco de remezclas de clásicos con  “El puente azul” como la única canción realmente nuevaMAX realizaría un fantástico  videoclip animado para “Tierra”, una versión del grupo del clásico tema de Caetano Veloso.





Finalmente en 1998,  con Radio Futura disuelto ya hacía varios años, MAX realizó  la portada de un nuevo disco, “Memoria del Porvenir”, en el que se incluían nuevas versiones de sus canciones más emblemáticas para goce de sus siempre fieles y hambrientos aficionados en un discreto final para una de las más ricas colaboraciones entre los mundos de la música y el cómic que ha dado la cultura española.