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lunes, 12 de mayo de 2014

“Sabor a menta”, de Carlos Giménez.



Este apretado fin de semana, en que he andado tan escaso de tiempo, me ha dado por releer a ratos perdidos “Sabor a Menta”, la  selección de historias cortas de Carlos Giménez que el propio autor presenta comentadas en la edición de Glénat  que, sin relación entre sí salvo su corta extensión que impide su publicación en álbumes, conforman agrupadas un estupendo recorrido por su desarrollo autoral y humano a lo largo de su extenso período de publicación - de 1970 a 1992-  e incluye algunas de las mejores páginas dibujadas por el artista madrileño.

Las nueve historias incluidas se pueden asimismo agrupar en tres grupos:

 Primero: Las adaptaciones de clásicos en las que Giménez demuestra su maestría para en pocas páginas sintetizar a la perfección “El Miserere” de Bécquer, “El extraño caso del Señor Valdemar” de Poe y “La Ley”, adaptación del relato de  Jack London titulado “Lo inesperado”. Si es quizás esta última historia la más compleja y difícil de adaptar dado su fuerte componente psicológico que Giménez resuelve con oficio para mantener la fidelidad con el original, es en “El Miserere” en la que el autor brilla más  con una impresionante y sobrecogedora traslación de la macabra historia de fantasmas original.

Un segundo grupo lo formarían las historias de Ciencia Ficción  “El Futuro empieza hoy” y  “Paraíso perdido”, esta última con guión de Víctor Mora,  en las que el autor denuncia mucho de los males contemporáneos poniendo especial empeño en la contaminación y el deterioro planetario con dos historias de tratamiento diverso y casi antagónico. “El futuro empieza hoy”, seguramente la menos lograda de todas las historias recogidas en el álbum, es una historia en la que dos jóvenes teorizan sobre el futuro próximo confrontando sus diversas posiciones me parece que ha envejecido bastante mal. Por otro lado “Paraíso Perdido”, es una oscura y desesperanzadora historia de Ciencia Ficción en la que un solitario piloto  encargado de llevar en el Sol los últimos y tóxicos restos que quedan del planeta Tierra mantiene una última conversación con su antiguo amor antes de su suicidio. Frente al dibujo infantil y marcadamente ingenuo de la primera contrasta el tono dramático y la expresividad desgarrada  que le proporciona Giménez al protagonista de la segunda que proporciona el adecuado acabado que el estupendo guión de Mora precisaba siendo esta historia una de las mejores aprotaciones de Giménez al género.

El tercer grupo de historia serían de corte realista y costumbrista y lo formarían “La gotera”, “Metro: Lavapiés” y “Sabor a menta”, tres historias con un enfoque  muy distinto en las que el autor demuestra su pericia. De este modo, "La gotera" que de una anécdota real casi intrascendente se erige en un interesante alegato en torno a la relativización de las prioridades desde un planteamiento amablemente irónico; “Metro: Lavapiés” se erige como una magnífica e idealizada composición en torno al madrileño barrio de Lavapies en el que creció Giménez  procurando captar su espíritu castizo y comunitario a través de las diversas intrahistorias  de la coralidad de protagonistas anónimos que confluyen en torno a la Plaza del mismo nombre. “Sabor a menta”, en cambio, es una tierna historia de (des)amor que Giménez considera uno de sus trabajos preferidos y aunque está desarrollada con la pericia habitual del autor he de reconocer que no se encuentra entre mis preferidas.

Por último, cierra el álbum la terrible denuncia que es “Treinta Minutos” en la que pone de manifiesto la falsa moral de los ciudadanos de las sociedades occidentales frente a la pandemia del Hambre infantil. Es una historia eficaz y dura llamada a remover las consciencias y a fe mía que lo consigue adelantándose con su crudeza a las campañas publicitarias que años más tarde se pondrían de moda.

En fin, “Sabor a menta” es un álbum excepcional que reúne los que seguramente son los mejores trabajos cortos de Carlos Giménez y demuestra como en la exigencia de las historias autoconclusivas de corta extensión también es todo un maestro. Avisados quedáis.

jueves, 10 de abril de 2014

“Bandolero”, de Carlos Giménez.



Me da un poco de grima rebuscar de un tiempo a esta parte entre los saldos de algunas librerías y seguir encontrándome joyitas como el “Bandolero”, de Carlos Giménez, en su última edición, la de Glénat,  pues ello significa que una de las mejores obras de este autor, aunque seguramente también una de las menos conocidas por el gran público en las que con mano maestra dramatizó parte de la autobiografía de Juan Caballero, un bandolero auténtico del siglo XIX que formó parte de la cuadrilla de El Tempranillo, no contó con el respaldo suficiente para ver agotada la tirada en su momento y aún todavia la gente estando tirada de precio no ha arrasado con los ejemplares que quedan (ya sé, la crisis).

Juan Caballero, es el prototipo de bandolero galante, dispuesto a pesar de su profesión a hacer honor a su apellido por lo que en sus espectaculares golpes no solo roba a los ricos y reparte con los pobres sino que además se muestra generoso en la derrota con sus declarados enemigos, los migueletes. Y es que Juan Caballero es el ideal de bandolero respetado por sus colegas que le llegan a otorgar el grado de Comandante y el mando sobre diversas cuadrillas. Sin embargo, y a pesar de sus casi sobrenaturales habilidades Caballero también es humano y a veces comete errores.

Carlos Giménez, partiendo de una exhaustiva labor de documentación a través de la autobiografía del Juan Caballero real usa al personaje para ofrecer un completo retrato de la figura del bandolero galante en el que no solo no se limita a reforzar la idealización de los elementos de aventura y gallardía de estos personajes  sino que se preocupa especialmente en mostrar su lado oscuro y humano, reflejando a la perfección sus debilidades, su sentimiento de culpa y sus dudas en torno a la vida que llevan. En algunos textos, he leído que Giménez construye en "Bandolero" un Western a la española y aunque es válida la comparación creo que este cómci está más cercano a los Westerns crepusculares de los últimos tiempos protagonizados por antihéroes que a los brillantes pastiches protagonizados por héroes infalibles de su época dorada.

En el aspecto gráfico, “Bandolero” es brutal, quizás su mejor obra, y muestra a un Giménez inspiradísimo que callaría muchas bocas de los que tanto atacaron al autor acusándole de dibujar exclusivamente cabezones parlantes. En esta obra, Giménez muestra su talento para la acción construyendo todo tipo de lances y reflejando con especial cuidado la vestimenta y armamento de los bandoleros y soldados de la época, así como de los escenarios de la Andalucía atrasada y aislada por los que deambulaban. Bajo la aparente sencillez de su estructura, Giménez construye una narración circular sutil en la que el personaje protagonista acaba tan solo como al inicio de la historia, en una imagen más de lo ingrata que era la vida de estos bandoleros realmente, despojada de su patina novelesca. Por otro lado, la historia está tan bien planteada que en ningún caso se percibe que  fue ideada para su publicación inicial serializada en la revista “Totem” antes de ser recopilada por primera vez en álbum por Ediciones de la Torre y, posteriormente, Glénat.
En fin, os invito a rebuscar en los saldos porque quizás todavía estéis a tiempo de encontrar maravillas como “Bandolero”, un clásico por el que no han pasado los años y sigue deslumbrando como en el momento en que apareció por primera vez.

miércoles, 19 de marzo de 2014

“Pepé 4”, de Carlos Giménez.

Muchos palos le han debido caer a Carlos Giménez, o de los que le han caído alguno le ha debido doler especialmente, para que abra la cuarta entrega de la biografía de su amigo y colega José González “Pepe”, que acaba de publicar Panini Cómics, con un prólogo en el que no solo justifica de nuevo su necesidad de rendir homenaje al amigo desaparecido sino además da respuesta a algunas de las más comunes críticas que se le han realizado hasta el momento a una obra que se ha convertido en más polémica de lo que en principio seguramente imaginaba. Una defensa que le honra, pero que a todo punto se me antoja anticipada, porque si hacían falta argumentos sobre la calidad de la obra Giménez los da en viñetas en las páginas siguientes, en la que sin duda es para mí la mejor de las cuatro entregas publicadas hasta ahora en la serie.

Recogiendo un amplio período de tres décadas en esta entrega, Giménez explica cómo la decadencia de las revistas de cómics y las agencias de dibujantes coincidió con el declive de la estrella de Pepe quién ve como sus ofertas de trabajo caen en picado a lo que se une la muerte de su madre. Sin poder hacer frente a los gastos y aislado de sus amigos, Pepe cae prácticamente en la indigencia de la que poco a poco irá saliendo gracias a la ayuda de los dueños de un bar que frecuentaba, su amigo Franc y Truffaut, el gerente de Selecciones Ilustradas y la familia de este. Sin embargo, el carácter dejado de Pepe es incorregible y a pesar de los esfuerzos de sus amigos siguió con su doble vida en saunas y salas de fiestas alternando con las celebridades del momento y malgastando el poco dinero del que disponía hasta que la salud empezó a pasarle factura.

Como avisa el mismo  Giménez  en el prólogo los agoreros que apuntaban que “Pepe” venía a ser una addenda innecesaria de “Los Profesionales” panegírico simpático y nostálgico del amigo finado estaban muy equivocados y parecen desconocer la honradez de un autor que ha hecho del verismo una de las bases de su larga carrera. De este modo, traspasado el ecuador de la serie, esta se vuelve más oscura y dramática mostrando Giménez la decadencia de su amigo y reconociendo una vez más sus limitaciones para aprehender el conjunto de la vida del protagonista, que blindó su vida íntima y nocturna herméticamente a  todos sus conocidos.

Es absurdo pedirle a un autor como Giménez con un estilo tan depurado y trabajado absurdas innovaciones formales que tampoco precisa la historia que quiere transmitir al lector. Y es que con los recursos que tan bien ha manejado siempre desde los tiempos de “Paracuellos”, al autor le basta para transmitirnos perfectamente todas las paradojas que rodeaban la compleja figura de Pepe González, no solo a través de la reconstrucción de anécdotas sino además poniendo en boca de sus personajes. personas reales que como él conocieron a Pepe y fácilmente identificables por los conocedores del mundillo bajo los seudónimos con los que les enmascara, que constantemente rompen la cuarta pared de la viñeta las mismas ideas en torno a su personalidad.

“Pepe 4” en ese sentido es un prodigio narrativo ya que pocos autores son capaces de contextualizar tan hábilmente las diversas décadas a partir de algunos hechos históricos y usar la reiteración de viñetas – aprende, Charlie Adlard- para transmitir tensión dramática al lector como Giménez en estas páginas  pero, además, en esta nueva entrega Giménez incorpora al tono melancólico de la historia una nueva capa argumental narrando en paralelo el declinar de Pepe con la decadencia del Cómic en España y poniendo la vida del  protagonista como la ejemplificación perfecta de ese declinar.

En fin, Giménez se supera en “Pepe 4” respecto a las anteriores entregas de la serie cambiando completamente el tono y el tratamiento de la serie para dejar a través del declinar de Pepe González constancia de la perdida de la inocencia del tebeo español y dejando  todo preparado para un desenlace en la futura quinta entrega que se presume emotivo y duro. Ojalá no se demore mucho.

miércoles, 12 de febrero de 2014

“Ciudad”, de Ricardo Barreiro y Juan Giménez.




He estado releyendo estos días “Ciudad”, estupenda muestra de cómic ochentero de los argentinos Ricardo Barreiro y Juan Giménez  que hace ya unas décadas publicara completa Toutain en dos apañados volúmenes en España.

Jean es un muchacho aburrido y hastiado de su existencia gris y anónima  en la deprimente París. Una noche tras discutir con su novia, Jean decide volver andando a su casa y acaba por llegar a un extraño y oscuro sector de la ciudad que no conoce donde es atacado por unos automovilistas que disparan contra él. En el último momento, Jean es salvado por una atractiva joven que le explica que como muchos otros antes que ellos son náufragos en una cambiante e infinita ciudad a la que no saben como han llegado ni como salir en la que existen mil y un peligros. Jean y Karen iniciarán un extraño viaje en el que vivirán mútiples aventuras en su desesperado intento de escapar de la siniestra Ciudad.

De la fructífera colaboración, de Barreiro y Giménez nos han quedado un puñado de grandes cómics de género que son dignos del rescate del olvido no sólo por su pulcra e incondicional reivindicación de los géneros sino además por su vistoso acabado y carga crítica en algunos casos. “Ciudad”, concretamente, es una obra en la que Barreiro mezcla impecablemente elementos de Fantasía diversos para actualizar Los Viajes de Gulliver a través de Jean, náufrago en una extraña y anónima urbe en la que se encuentra con diversos personajes y situaciones referenciadas en un ecléctica amalgama de iconos de la Ficción  popular que conforman parte ya eso tan jungiano y tan argentino que llaman Inconsciente Colectivo.

 De este modo, en cada uno de los capítulos autconclusivos ideados para su publicación seriada en revista aunque guarden una continuidad que permite la hilazón de la historia vemos como los protagonistas se encuentran con monstruos y figuras literarias basadas tanto en el cine como la literatura o el folklore en lo que acaba convirtiéndose en un recorrido por muchas de las influencias y amores del gran guionista argentino. 

Siguiendo una estructura sencilla pero muy efectiva los protagonistas de la historia se van encontrando con los diversos personajes que Barreiro, devorador compulsivo de todo tipo de Ficción, reinterpreta en sus páginas en sus personales versiones. De este modo, por estas páginas se traslucen referencias expresas  a Borges e implícitas a Bioy Casares, cultos al Cthulthu lovecraftianos o bandas de motoristas inspirados en la saga Mad Max por poner solo unos ejemplos obvios. 

No son estas las más extravagantes ni sugerentes de las fantasías en las que se inspira Barreiro y en sus páginas veremos homenajes desde al Diluvio Universal como a los monstruos clásicos en su versión cinematográfica pasando a pinturas tan impactantes como "El jardín de las Delicias" de El Bosco o elementos de Ciencia Ficción tan fasciantes como convertir el Metro en una máquina del tiempo (¿Leería Barreiro "Un Tren llamado Mobius"? Lo que está claro es que los de la peli "Moebius" sí que habían leído "Ciudad") hasta llegar a la quizás más hermosa - por metahistorietística - de las referencias con la inclusión de “El Eternauta” que supone el discurso expuesto a lo largo de toda la serie reivindicando la libertad creativa en  los géneros y la ausencia de límites de sus creadores más allá de los impuestos por el  talento propio. 

Además, la poderosa presencia que supone la omnipresente y opresiva Ciudad  en la que suceden todas esas aventuras es al mismo tiempo una poderosa metáfora en torno a la alienación a las que las grandes urbes pueden someter a sus habitantes al tiempo que una reividicación del potencial de estos para sublimar sus peligros mediante las propias capacidades personales.

En el aspecto gráfico, Juan Giménez ya es un autor plenamente formado, que poco antes de deslumbrar en Europa con “La Casta de los Metabarones”, mostraba su buen hacer para el fantástico en esta obra en angustioso blanco y negro en la que Barreiro, buen conocedor de su potencial, permite que se explaye dibujantdo todos aquellos seres fantásticos con los que el dibujante disfruta al tiempo que le permite mostrar sus dotes para la narración en múltiples situaciones resueltas sin necesidad de ningún tipo de texto de apoyo dejando al dibujante explayarse e insuflar a su estilo un dinamismo que ha sacrificado con los guionistas posteriores con los que ha colaborado. 
En definitiva, “Barrio” es un tebeo excelente de los que ya no se hacen, que encandilará a todos los aficionados al cómic de género realizado por uno de los dúos creativos que mejor lo supieron interpretar en los ochenta y que bien merecería una nueva edición al alcance de las influenciables mentes jóvenes. 

lunes, 30 de septiembre de 2013

“Pepe 3”, de Carlos Giménez.



Panini acaba de publicar la tercera parte – de las anteriores ya escribí aquí y aquí- de las cinco programadas por Carlos Giménez para rendir homenaje a su amigo y colega, el historietista Pepe González intentando dar a conocer las luces y sombras en torno a un artista dotado de un talento descomunal que, aparentemente, desperdició en aras a su compleja personalidad.

La biografía de Pepe González aborda en este tercer volumen los años de esplendor del artista  a finales de los setenta y principios de los ochenta haciendo hincapié en cómo a pesar de ser un artista en plena madurez creativa, ampliamente reconocido en el extranjero, su personalidad y actitud vital le llevó a dejar pasar una tras otra las diversas oportunidades que se le fueron presentando ante la desazón de sus amigos y colegas incapaces de llevar por el buen camino al pasota de Pepe.

Pocas novedades en este nuevo tomo en el que Giménez sigue desarrollando con mano experta, oficio y su desenvoltura narrativa habitual la compleja biografía del artista para  acercar al lector a través de la sucesión de anécdotas enlazadas, que describe a partir de recuerdos propios y las entrevistas con diversos amigos que le trataron, en tono amable y desenfadado la personalidad inconstante y el lado oscuro de uno de los mayores talentos de su generación.

A lo largo del álbum –y de la serie- Giménez está sabiendo mantener el equilibrio para no caer en la idealización excesiva del amigo ni en el amarillismo que podría molestar a terceros, pero dejando entrever, al tiempo que guardando elegantemente, los episodios más escabrosos de la vida de Pepe, un lado oscuro que deja intuir pero sobre el que guarda un respetuoso silencio.

Es cierto que Giménez vuelve una y otra vez sobre la cuestión de lo que podría haber sido la obra de Pepe González si su personalidad hubiera sido distinta, sin pararse a pensar quizás en que de haber sido de otro modo probablemente no habría sido un artista único ni hubiera marcado a los que le conocieron de la misma manera. Giménez. insinuando esa crítica constante. adopta una posición valiente, que incluso puede llegar a ser mal entendida, al tiempo que distancia la obra de la mera hagiografía y le da un tono más personal e íntimo. planteando una pregunta sin respuesta que todos los que han perdido a un ser querido nos hemos planteado alguna vez y no deja de ser un mecanismo para afrontar la fatalidad.

En fin, “Pepe” es sobre todo un hermoso homenaje desde la amistad y la admiración a un artista que, como señala Giménez. seguramente mereció en vida mayor relevancia y aplauso. No será el primero ni el último.

domingo, 10 de marzo de 2013

“Pepe 2”, de Carlos Giménez.



Panini Cómics y Carlos Giménez se han dado relativa prisa en publicar la segunda entrega de la biografía que Giménez viene realizando sobre su compañero y amigo José “Pepe” González, exquisito dibujante fallecido en penosas circunstancias y que desgraciadamente no gozó,  en opinión de Carlos Giménez, del homenaje y reconomiento en los medios que su trayectoria merecía.
En esta segunda entrega, asistimos a nuevos y divertidos episodios de la azarosa vida de Pepe, un dibujante superlativo pero perezoso y poco centrado en su trabajo y su vida lo que le llevaba a vivir únicamente el día sin hacer previsión de futuro. En esta entrega, Giménez nos cuenta las peripecias de su amigo durante la mili, sus primeros viajes al Reino Unido dado que fue la gran estrella internacional de Toutain – perdón, Producciones Ilustradas, en este tebeo- y sus enamoramientos.
Poco puedo añadir en principio a este cómic de lo que ya escribí sobre  la primera entrega más allá de resaltar la extraordinaria labor de un Carlos Giménez para lograr ofrecer un retrato entrañable y honrado del que fuera su amigo. Giménez esquiva exquisitamente las trampas del género biográfico, especialmente cuando se trata de glosar la vida de un ser querido, para no caer ni en la hagiografía ni tampoco en el esperpento amarillista que seguramente algunos agradecerían, encontrando el punto de equilibrio entre el retrato objetivo  que la narración precisa y el tratamiento cariñoso de la figura del amigo.  
Giménez elegantemente cuenta lo que quiere y esquiva los elementos más escabrosos de la vida (“el Pepe oscuro”, al que se refiere en más de una ocasión en esta segunda entrega) de su amigo insinuando sin concretar los misterios que hasta al omnipresente narrador que es se le escapan, sabiendo asi guardar los secretos que el respeto, la amistad y la intimidad hacia el amigo precisan, pero sin que le obstaculice para reflejar en su equilibrada narración las luces y sombras de un(a) persona(je) que se torna entrañable incluso a aquellos que solo le conocimos a partir de sus maravillosos trabajos.
Seguramente a Giménez le lloverán las críticas y se insinuará la reiteración de algunas de sus viñetas en este álbum o cierto acomodamiento en la elaboración de este cómic para enterrarle por enésima vez,  sin caer en el estupendo pulso narrativo que mantiene la obra ni en que su importancia radica más en su equilibrado contenido que en un continente que no deja de ser lucido y correcto.
No importa, esta segunda entrega de “Pepe” es un estupendo ejemplo de cómic biográfico y un acercamiento valido, hermoso y entrañable a una de esas figuras geniales que tanto abundan en España, que acaban siendo más valoradas en el extranjero que en nuestro país donde acaban relegadas a la marginalidad y el olvido hasta que se mueren. Abstenerse los amigos del amarillismo y la carnaza. Carlos Giménez no se la va a proporcionar en este tebeo.

jueves, 4 de octubre de 2012

“Pepe”, de Carlos Giménez.


Cualquier nuevo tebeo del veterano Carlos Giménez tiene que ser noticia y compra obligada y este es lo primero, además, por motivos ajenos al propio cómic.supone la ruptura –no sabemos si definitiva- de Giménez con su editorial de muchos años, la Glénat/EDT de Joan Navarro y su, sorprendente en principio fichaje, por Panini, editorial que a la chita callando se está haciendo con firmas de prestigio –aparte de Giménez, hace poco un flamante Premio Nacional del Cómic como  Santiago Valenzuela anunció que su próxima entrega de “Capitán Torrezno” iba a ser publicada por esta editorial- para su hasta ahora poco reconocida línea de cómic nacional; y lo segundo, porque Giménez sigue siendo sinónimo de calidad y narración exquisita y en esta nueva serie rinde homenaje a otro superdotado de la historieta patria fallecido hace un par de años, Pepe González.


Giménez en este primer álbum de la serie se acerca a la figura de su amigo y compañero a partir de sus anécdotas de juventud reunidas de los recuerdos de familiares y amigos del finado y convertidas en crónica cariñosa y nostálgica de la infancia y juventud del genial dibujante barcelonés desde sus primeros años en el Barrio Chino de posguerra en el que nació y su incorporación a las Selecciones Ilustradas de Toutain – Giménez disimula con poco entusiasmo los nombres de las personas reales protagonistas de las anécdotas pero no resultará difícil al lector perspicaz, ayudado por la considerable documentación gráfica reunida en el tomo, identificar a unos y a otros- hasta sus pinitos musicales en el grupo Los Dálmatas en los sesenta.

 
Parece que lo del cómic (auto)biográfico –slice of life- lo llaman- y costumbrista es una cosa muy de ahora, pero realmente en el cómic español eso de contar la vida de los dibujantes es una cosa que viene de antiguo siendo quizás los casos de Vázquez y , sobre todo, el propio Carlos Giménez los más destacables. En esta ocasión, no es que la vida de José "Pepe" González  carezca de interés pero hacerla objeto de tebeo viene a cuento del deseo y la inquietud de Giménez por no solo homenajear sino también reivindicar la persona y obra de su amigo, un brillante dibujante de dibujantes del que con cariño destaca sus luces y minimiza que no esconde sus sombras.



Se podría pensar que “Pepe” puede ser una obra menor dado el volumen y calidad de la obra anterior de Giménez pero, y aun es pronto para confirmarlo ya que estamos ante la primera entrega, creo que es posible que nos encontremos ante una obra llamada a convertirse en compendio de toda la sabiduría adquirida por Giménez en toda su obra anterior, ya que desde este primer álbum se pueden identificar las inquietudes, las reflexiones y los hallazgos que conforman su característico estilo.

En “Pepe” se advierte la sensibilidad de la crónica social desde sus primeras páginas con la descripción descarnada del Barrio Chino barcelonés que ya hemos visto practicado en series como “Barrio” o “36-39” y también asistiremos a la brillantez para la construcción del retrato de los personajes a partir de sus anécdotas que nos retrotraerá inevitablemente a “Paracuellos” y, sobre todo, a  “Los Profesionales”. A todo ello, hay que añadirle quizás un dibujo más suelto y preciso porque Giménez con el paso de los años y el abandono de las rígidas cuadrículas –y es una apreciación mía- parece que cada vez dibuja mejor y creo que se le puede considerar, más allá de las comparaciones odiosas, el Eisner español.



En fin, creo que este primer volumen de “Pepe” no va a defraudar a ninguno de los seguidores de Giménez y sus detractores –que los tiene- encontrarán la misma munición de siempre para argumentar su crítica. Pero, además, pienso que el neófito, virgen todavía en su obra, puede encontrar en “Pepe” la puerta de entrada ideal a su particular universo realista al tiempo que se sumerge en la vida de uno de los mejores y menos reconocidos dibujantes que ha dado este país con lo que matará dos pájaros de un tiro. No es poca cosa para una obra menor.

lunes, 26 de julio de 2010

“Hom”, de Carlos Giménez.


Pensaba que ya habíamos hablado por aquí sobre este cómic de Carlos Giménez pero va a resultar que no. Y como desde los comentarios alguien me había pedido opinión y nunca da pereza releer a Giménez ahí va mi comentrario.

“Hom”, de Carlos Giménez –como ya refleja desde la portada la edición de Glénat es una adaptación de una novela de Brian Aldiss titulada de “En el lento morir de la Tierra” que en posteriores ediciones se tituló, erróneamente para mi gusto, “Invernáculo” . Este dato, que podría ser importante si estuvieramos ante otro autor y conferirle un carácter tributario del original, sólo cobra un interés anecdótico en el caso de este cómic, porque Giménez le da un nuevo enfoque para construir a través de las aventuras del protagonista, el abnegado Hom, una metáfora sobre el poder, la injusticia y la libertad, convirtiéndose quizás en el mejor resumen del ideario de su autor y su posicionamiento vital, cobrando -además- todo su significado si nos retrotraemos al período de su primera publicación (principios de los setenta) que conllevó que la obra fuera censurada y tuviera que ser publicada por primera vez en Italia en 1974 para ser editada por primera vez en España en 1977.

“Hom” nos cuenta las andanzas del personaje que da título al álbum. Un guerrero de una Tierra futura y crepuscular devastada a causa de un cataclismo desconocido y en la que los pocos humanos sobrevivientes han vuelto a la barbarie primitiva y conviven con distintos tipos de mutantes. Hom vaga por un inhóspito vergel tras huir de las injusticias que tienen lugar en su tribu para acabar convertido en el huésped de un parásito que se adosa a su cabeza y le promete alimento, poder e inteligencia a cambio de su fuerza. De este modo, dominado por el parásito, realizará toda serie de tropelías a las que es incapaz de resistirse y llevado por las ansias de dominación de su captor hasta dar con El Gran Yo, un megalómano mutante anfibio incapaz de andar y que viaja con su séquito hacia el mar siguiendo su propio ciclo biológico. Cuando el portador de El Gran Yo muere reventado, a instancias de su párásito, Hom cargará con él y al tiempo que inician una frenética huida de la amenaza de los aulladores y se ve obligado a actuar de nuevo contra su voluntad irá adquiriendo conciencia de la injusticia del mundo que le rodea en el que la única ley que prevalece es la de la jungla en la que el más grande se come al chico.


“Hom” es una obra polisémica que adquiere un mayor significado teniendo en cuenta el momento histórico de su gestación en los últimos coletazos del franquismo pero que no por ello ha perdido vigor su mensaje dado su carácter metafórico y filosófico en lo que es un profundo estudio del comportamiento humano.

Giménez, sin renunciar a la ambientación y la narración de las aventuras de los protagonistas en su viajar, que constituyen el punto fuerte de la novela/relatos de Aldiss y que permiten una lectura superficial de género entretenida y vibrante para el lector que no busque nada más, centra su interés en el estudio de las relaciones de los personajes para describir las distintas formas de dominación a través de sus relaciones en un relato dramático, oscuro y pesimista, en el que por un lado se encuentran los dominados (el protagonista y los hombres planta cuyas posturas se convierten en metáforas de los comportamientos más habituales entre la población) frente a los explotadores encarnados por El Gran Yo y el parásito trasuntos de los poderosos y manipuladores que aprovechan el trabajo de los demás en su propio beneficio.

Frente a ese panorama de injusticia y crueldad, Giménez se rebela a través de la toma de conciencia del protagonista de la necesidad de colaboración de los débiles frente al atropello de los fuertes aunque el autor no se engaña de lo utópico de sus soluciones ni el carácter quasibiológico del ciclo, dominador/dominado, ofreciendo finamente un final abierto con un futuro del protagonista –Hom, el Hombre, España…- lleno de posibilidades.

Es muy difícil trasladar tantas ideas y tanta carga filosófica (el que quiera ver en “Hom” un álbum esencialmente político se queda corto) y a tantos niveles como lo hace Giménez en esta historia magistral en la que lleva al extremo las posibilidades del medio con una concisión´ejemplar. En esta obra, Giménez se muestra especialmente minucioso en el reflejo de las facciones de los distintos personajes logrando soberbias caracterizaciones psicológicas marcadas por el conflicto o la maldad y es capaz de introducir no sólo una sino varias historias –largas, el flashback en que se nos narra la huida de Hom y su compañera de su tribu, cortas, las relaciones biológicas entre las distintas especies vegetales y animales que habitan la Tierra crepuscular en que se desarrolla la historia- dentro del caudal de la trama principal que potencian y retroalimentan su carga emotiva y dramática así como su ideario sin que por ello decaiga el ritmo ni la intensidad de la narración en una historia cargada de momentos dramáticos atemperados con elegantes transiciones no exentas de contenidos , logrando un resultado unitario de un modo que ni el propio Aldiss fue capaz de conseguir en la novela que sirve de punto de partida a Giménez (ideada en un principio como un conjunto de relatos).

En definitiva, “Hom” es otra de las grandes obras de ese gran maestro del Noveno Arte que es Carlos Giménez y en mi opinión su obra maestra dentro del género de la ciencia ficción. Una obra clásica cuya moraleja, más allá de estar adscrita a su tiempo, lo supera y mantiene su vigor hacia el futuro como un aviso a navegantes (y lectores) de los peligros que encierra el lado oscuro de la naturaleza humana.

Avisados, quedamos, el maestro Giménez, dixit.


miércoles, 14 de julio de 2010

“Koolau, el leproso”, de Carlos Giménez.

Si a cualquier aficionado le piden que recomiende una obra de Carlos Giménez, seguramente la respuesta automática será “Paracuellos”. Lógico teniendo en cuenta la envergadura e interés de esa obra y lo atractivo de la temática para aquellos que sean profanos en el medio, pero si nos parásemos a meditar un poco la respuesta yo recomendaría “Koolau, el Leproso”, una obra que en principio pueda pasar más desapercibida pero que en mi opinión es la que mejor engloba las preocupaciones y temáticas desarrolladas a lo largo de toda su trayectoria al tiempo que deja constancia de su descomunal talento para la narración gráfica.

“Koolau, el leproso”, publicada por primera vez en 1979 seriada en tres partes en la revista “Tótem” funciona perfectamente como álbum unitario tal y como la ha recuperado Glénat y en ella Giménez adapta un relato de Jack London, para explicar el enfrentamiento de un indio kanako, Koolau, contra los policías primero y los soldados después que pretenden trasladar a su mermada tribu diezmada por la lepra a una leprosería abandonando las cumbres en las que se han refugiado huyendo de la invasión de sus tierras por los colonos.

“Koolau, el leproso” trasciende su carácter de adaptación y mera obra de entretenimiento para convertirse en uno de los mejores cómics de Carlos Giménez, desplegando un abanico de recursos narrativos que ya quisieran para sí muchos de sus críticos para trasladar al lector al tiempo tanto el dinamismo de la acción en los constantes enfrentamientos que el indio Koolau mantiene con los soldados como el dramatismo estéril pero lleno de dignidad que encierra su pírrica victoria.
Giménez juega constantemente con la composición de página para ir recreando la atmósfera necesaria de tensión creciente desde el primer acto de la historia en el que escondidos en cuevas los indios escuchan temerosos el discurso del protagonista la noche previa a la batalla para desencadenarla luego en los constantes tiroteos y las secuencias cargadas de dramatismo en series de cuatro viñetas horizontales o guiando la acción a través de unas onomatopeyas aparentemente situadas al azar pero que cobran sentido como vehículo a través del cuál el autor guía la lectura de la página, por no hablar ya de características series de pequeñas viñetas en las que a través de los rostros en primer plano de los personajes capta como nadie su tensión y miedos.


Giménez es a estas alturas un autor completo que a través de variaciones de su estilo es capaz de caracterizar los distintos niveles la historia. Así frente a la representación pronunciadamente feísta de los decadentes indios leprosos en que se mezclan los estragos de la enfermedad con sus tatuajes con un matiz expresionista contrapone los flashbacks del pasado del protagonista en la que este evoca su niñez y juventud en los que su estilo se vuelve preciosista, difuso y limpio para representar un recuerdo idealizado. Del mismo modo, ocurre con la caracterización y representación de los soldados y policías que aparecen claramente dibujados, nítidos y limpios en su carácter de hombres civilizados atribulados en el cumplimiento de una misión por la que realmente no sienten ningún interés.


“Koolau, el leproso” es una auténtica obra maestra –sí me mojo - de Carlos Giménez y su análisis y estudio debería ser de estudio obligatorio para todos aquellos que quieran contar historias a través de viñetas pero, además, es una adaptación y un cómic de entretenimiento que sin traicionar la esencia del original se enriquece con la interpretación humanista y pesimista que el autor sabe incorporar en cada una de sus viñetas para mantener hipnotizado al lector de principio a fin. Un cómic imprescindible.


Si alguien quiere leer el texto original de London y comprobar la fidelidad de Giménez al texto, puede hacerlo aquí.

martes, 8 de abril de 2008

36-39 2: Malos tiempos” de Carlos Giménez




Todavía sin tiempo de releer con calma el primer álbum de la nueva serie de Carlos Giménez ambientada en la Guerra Civil Española aparecido hace sólo unos meses, nos llega la segunda entrega en la que Giménez se centra en contarnos las pequeñas historias de las gentes atrapadas en el Madrid sitiado por las tropas franquistas.

Tomando como hilo conductor de estas historias cortas a la familia de Marcelino, el personaje protagonista de la mayor parte de las historias en el primer álbum de la serie, Giménez nos acerca a las historias de miseria y miedos cotidianos entre la población civil alejada del frente de combate de ese Madrid castizo que tan bien conoce y describió en “Barrio”. Sin embargo, en esta ocasión, Giménez se aleja del costumbrismo esperanzado de esa serie de posguerra para escribir un álbum mucho más cercano a su mejor serie y por la que más reconocimientos ha obtenido, “Paracuellos” al convertir a los niños en los principales protagonistas de los sucesos narrados en este álbum. Niños que pasan hambre, niños que se asustan ante las alarmas y los bombardeos nocturnos, niños obligados a madurar demasiado pronto para buscar alimentos pero, al tiempo, niños que mantienen intacta la inocencia como bálsamo para los horrores a los que se enfrentan cotidianamente y ofrecer una vía de escape en su ingenuidad al lector que no puede dejar de esbozar una sonrisa ante sus reacciones frente a los horrores descritos por el autor. De las historias recogidas en el álbum la más destacable, sin duda, es la que lo cierra, “Sito”. Una historia que rompe la estructura del álbum tanto por su extensión como por los recursos que Giménez emplea. Si el resto de historias son de cinco páginas divididas en seis viñetas, en esta historia Giménez rompe esa estructura de página para aumentar la carga dramática de la historia y desarrollar una narración tan patética como hermosa y que por sí sola justifica la compra del álbum.

Marcelino y su mujer, son personajes arquetípicos, que representan al hombre y mujer anónimos dispuestos a enfrentarse con dignidad a lo injusto de la situación que les ha tocado vivir, sacando adelante a su familia y sirviendo de contrapunto con su posicionamiento profundamente humano a la brutalidad de los milicianos que saquean y provocan disturbios aun sin renunciar por ello, al igual que el autor, a su ideario personal ni sus principios.

Giménez escribe y dibuja un álbum excelente con buen pulso narrativo y una planificación que le lleva a dosificar perfectamente la tensión de las historias que narra. Como bien señala Hernán Migoya en el artículo que sirve de introducción al álbum, el uso que hace Giménez del lenguaje escrito es perfecto para el tipo de historias breves que lo forman, situando la acción y creando el estado de ánimo necesario para que luego sus conmovedores dibujos apuntillen la sensibilidad del lector. No esperen en este álbum sorpresas estilísticas ni novedades en el estilo de Giménez. El autor no hace más que mostrar aquéllos recursos de los que está dotado sin trampas ni cartón y los exprime al máximo con la sabiduría y lucidez que ha demostrado a lo largo de toda su carrera haciendo aquello que mejor sabe hacer: contar historias conmovedoras. Es tan absurdo pedirle a Carlos Giménez a estas alturas de su carrera que “evolucione” como sería pedirle a Goscinny que dibujase Asterix de una manera diferente. Giménez es un clásico de nuestra historieta y un clásico vivo y en forma por lo que creo que todos debemos felicitarnos y disfrutar de la sabiduría y humanidad que desprenden sus historias. Y este álbum es una buena muestra de ello.


La edición de Glénat es bastante buena aunque se le pueden achacar un par de errores graves. En mi ejemplar (no sé si afectará a toda la tirada o sólo una parte de ella) las páginas 32 y 33 están intercambiadas con lo que si no se lee en su orden se pierden el hilo narrativo) y en la página 49 segunda viñeta escriben “habrían” del verbo abrir (¿Cuándo las editoriales se van a molestar en contratar un par de correctores para subsanar los errores ortográficos?). Por lo demás, el artículo laudatorio de Migoya y el más contextualizador de Antonio Martín resultan interesantes y correctos.

Si quieren leer más sobre “36-39: malos tiempos” en El lector impaciente pueden hacerlo aquí.

Si quieren leer sobre otras obras de Carlos Giménez en El lector impaciente pueden hacerlo aquí.
ACTUALIZACIÓN: Gracias al aviso de Walter me entero que Glénat va a sacar en el plazo de tres semanas una nueva edición corrigiendo el error de las páginas intercambiadas. Informan que todo aquél, que como yo tiene un ejemplar en mal estado, puede cambiarlo por uno nuevo en su librería habitual. La noticia aquí.

lunes, 3 de diciembre de 2007

“36-39: malos tiempos” de Carlos Giménez



Lo ha vuelto a hacer. Es lo primero que se me ocurrió tras leer el último álbum de Carlos Giménez , publicado por Glénat, y con el que inicia nueva serie ambientada en los años de la Guerra Civil.
La Guerra Civil y, sobre todo, la posguerra ha sido y es un tema explotado hasta la extenuación por muchos autores en el cine y la literatura pero muy pocos han sabido imprimirle tanta “verdad”, sensibilidad y crudeza como Carlos Giménez en sus grades series en Cómic -para los que se empeñan en seguir diciendo que este es un “arte menor”-, “Barrio” y, sobre todo, “Paracuellos”. Por ello, no deja de ser una buena noticia que Giménez haya decidido acercarse directamente a la época de la Guerra Civil y cerrar de algún modo el ciclo iniciado hace ya tantos años con “Paracuellos”. Más, si cabe, cuando demuestra que el tiempo no pasa por él y es capaz de construir una obra solvente y moderna en lo narrativo, con algunas soluciones sobresalientes, sin abandonar en absoluto su personalísimo estilo.
En este álbum construye a través de una serie de pequeños episodios de extensión variable un recorrido a través de la barbarie de la sinrazón que supone una guerra fratricida, como fue la española, para los no combatientes de los dos bandos, centrándose en los abusos que se dieron en ambos bandos en los primeros meses tras el fracaso del golpe de estado que dividió España en dos mitades enfrentadas en las que se encontraban atrapados miles de simpatizantes de uno y otro bando y en el que las purgas, los “paseos” y los abusos por razones muchas veces ajenas a los intereses bélicos y siempre por motivos bastardos dieron lugar a miles y miles de asesinatos a sangre fría. Giménez, que a lo largo de su carrera, si algo ha demostrado es que domina como pocos la capacidad para pasar de la ingenuidad pueril y la felicidad costumbrista al choque más dramático con la crueldad en sus diversas formas ambienta su trabajo en dos localizaciones geográficas diversas, por un lado el Madrid republicano y por otro la Zamora dominada por los sublevados y en ellos sitúa a sus personajes para hacerlos víctimas de los desmanes del hombre. Giménez evoluciona en sutileza y es capaz de narrar varias historias en paralelo dotándolas de continuidad a través del mantenimiento de los mismos personajes en diversos capítulos a lo largo de todo el álbum y jugando hábilmente con los lápsus temporales usando como nexo entre historias (o capítulos) viñetas mudas cargadas de dramatismo en la que muestra a las víctimas de las ejecuciones .y alterna el protagonismo de las localizaciones para connotar la culpabilidad de los dos bandos en la barbarie generada por la guerra y dejar constancia que las verdaderas víctimas en el conflicto no fueron sólo los muertos, que cierran como un epílogo silencioso y siniestro la mayoría de las historias, sino también sus familiares y amigos atrapados en una realidad que les supera. Giménez pasa a lo largo del álbum de lo general a lo concreto con una sabiduría que sólo los años de oficio pueden dar, algo que queda especialmente en evidencia en la historia de Mateo y su mujer en la que implica al lector en unos hechos cuyo desenlace ya conoce de una manera tan hábil que debería ser asignatura obligatoria para todo aquél que quiera contar historias en viñetas. También es de resaltar el autocontrol mostrado por Giménez, cuyo posicionamiento político es de dominio público, a la hora de no intentar tomar partido por ninguna de las partes y centrarse en la crueldad de los hechos, dejando al lector libertad para sacar sus propias conclusiones pero sin ocultar sus propias opiniones, reflejadas a través del personaje de Marcelino, común denominador de las historias que transcurren en el lado republicano y que muestra la sensatez del hombre de a pie frente a los acontecimientos que le ha tocado vivir.
En fin, Giménez lo ha vuelto a hacer: ha creado una historia en la que perderse durante horas disfrutando de la habilidad de un autor único que desde una aparente simplicidad construye obras de una complejidad enorme y meditar acerca de unos hechos que nunca deberían repetirse. Compra obligada.
Otras obras de Carlos Giménez en "El lector impaciente" aquí.

martes, 18 de septiembre de 2007

“Barrio” de Carlos Giménez



Para mí es difícil ser objetivo a la hora de escribir sobre “Barrio” del veterano Carlos Giménez porque por un lado se juntan las excelencias del retrato histórico de una época con los recuerdos personales ya que el “Barrio” de Carlos es mi propio barrio, el de mi madre y el de mis abuelos. Yo di mis primeros pasos (hace ya más de treinta) en la casa que había encima de la vaquería que describe Carlos en una de sus historias, pasaba todos los días para ir al colegio del portal donde vivió y mi tío y mi madre me contaron sobre las peleas a pedradas y la venta de tebeos en el Pasadizo o la Cuesta del Moyano. Así que, aunque no de primera mano, las historias que Carlos narra en estas páginas me resultan familiares y entrañables, como supongo que le pasará a muchos, de lo conocido pero no vivido personalmente, aunque sus calles también hayan sido mis calles, tanto por el recuerdo transmitido por unos padres y abuelos que fueron niños en la misma posguerra urbana que también retrata Carlos Giménez en su obra como por haber asistido a los últimos estertores de esa vida de barrio que hace ya muchos años se perdió.
A lo largo de los cuatro volúmenes que componen esta obra publicada por Ediciones Glénat Giménez ha ido evolucionando tanto en lo narrativo cediéndole el testigo del protagonismo de sus historias a amigos y compañeros de generación abandonando en parte el relato autobiográfico de los primeros volúmenes hacia una mayor variedad temática sin perder por ello del norte de lo qué es el objetivo de la obra, rememorar a través del conjunto de esas pequeñas intrahistorias cotidianas la dureza de un tiempo y lugar en el que también había espacio para las pequeñas alegrías de la infancia y la adolescencia que el autor parece añorar. También se aprecía una evolución en el aspecto gráfico, lo cuál es de agradecer en un autor tan contrastado como Giménez, desde la publicación de las primeras historias de “Barrio” hace ya casi treinta años hasta las últimas publicadas el año pasado. Así, Jiménez abandona las composiciones a una página que usara en el primer álbum y que tan bien explotara en su obra más reconocida, “Paracuellos” por una composición de página más moderna y libre basada en viñetas más grandes y detalladas en las que los escenarios del barrio se convierten en los auténticos protagonistas perdiendo de este modo “Barrio” parte del elemento opresivo que destilaba “Paracuellos” en busca de una mayor libertad. Esa evolución, casi ruptura estilística, alcanza su punto culminante dentro de la serie a lo largo de las historias recogidas en el segundo tomo en las que un Giménez en plena forma es capaz de escribir alguna de las mejores historias de su ya extensa carrera. En ocasiones, Giménez aborda la narración de sus historias como narrador impersonal de la historia, dejando que el peso de la misma recaiga en las situaciones y personajes mientras que en otras deja que el dramatismo de la historia se desarrolle a través de los ojos inocentes de un niño que no comprende lo que ocurre a su alrededor, como en "Ese día..." (tomo IV) , para escribir historias tan duras como crueles en las que ajusta cuentas con las costumbres de la época.
En definitiva, “Barrio” es una obra para todos aquellos que quieran saber cómo era España no hace tantos años y aprender a valorar más lo que tenemos ahora. Un cómic que nadie debe dejar escapar.
Aquí podéis leer sobre otras obras de Giménez en "El lector impaciente".