lunes, 22 de octubre de 2012

“Vapor”, de Max.





En estos días tan grises que nos está tocando vivir últimamente, siempre es un aliciente la publicación de nuevas obras de los grandes de la historieta patria. El último que se ha animado a salir de su mutismo de años ha sido Francesc Capdevilla más conocido como Max que desde su multipremiado “Bardin el superrealista” no nos ofrecía ninguna nueva obra original más allá de reediciones de sus primeras obras. Ahora regresa en plena forma con “Vapor”, editado por La Cúpula.

Nicodemo –Nick para los amigos- se aleja de la civilización y el mundanal ruido para buscar en el desierto, la abstinencia y la vida contemplativa el sentido de la existencia. Pero Nicodemo irá comprobando poco a poco que el anacoretismo y el aislamiento pleno no son tan fáciles de conseguir en un desierto poblado por curiosos personajes como el gato Moisés –Mosh para los amigos-, la Reina de Saba, naúfragos y bandidos y en el que el misterioso y huidizo Vapor es el ser supremo.

Max vuelve a sumergirnos en su particular universo onírico de envolvente poesía visual en el que prima sugerir ante que afirmar y se busca la complicidad del lector con una parábola existencialista abordada desde un prisma amable, irónico y divertido que tomando el anacoretismo como punto de partida reflexiona  no solo sobre la banalidad de la existencia material sino también  la banalidad del yo frente a una existencia inaprensible que por todos lados se nos escapa. Una preocupación existencialista que no estaba ausente de obras anteriores pero que en "Vapor" aborda con un tratamiento humanista y cercano que me recuerda al de un maestro aparentemente tan distante como Osamu Tezuka.


Max es un autor hipnótico que, desde sus inicios underground influidos por la estética de línea clara del rupturista Chaland, ha ido desarrollando un estilo personal que ha sabido interpretar y adaptarse a las nuevas corrientes imperantes en el cómic encabezadas por Chris Ware como quedó patente en “Bardin”. En “Vapor”, Max ha ido más allá en su búsqueda de la simplicidad y prescindiendo del color por un efectivo blanco y negro ha puesto su mirada en los mismos orígenes del cómic moderno, tomando como referencias a clásicos del cómic norteamericano como Herriman y su “Krazy Kat” o el semidesconocido “The Wiggle Much” de Herbert E. Crowley.

Por este motivo, es difícil no relacionar el desierto en el que se mueve Nick -cuyo aspecto recuerda poderosamente al de otra de las creaciones de Max, un Gustavo al que los años hayan minado su radicalismo- con el Coconino de Herriman y a Moisés con la gata del mismo autor (aunque a mí me recuerde también al Pumby de José Sanchís) y los inevitables ladrillazos que recibe Nick con los que tan alegremente Ignatz lanzaba a Krazy Kat, más allá del explícito homenaje a la obra de Crowley .





Sin embargo, dejando aparte  la mera curiosidad de desentrañar el panteón referencial que puebla las páginas de “Vapor”, lo interesante estriba en disfrutar el cómo. Max construye la historia desde su elegante dominio del lenguaje gráfico que se plasma no solo en las transiciones entre los diferentes capítulos de la historia enlazadas por páginas ocupadas por una única viñeta central sino además en las elipsis que poco a poco harán meditar al lector en torno al plano en que transcurre la historia - ¿es la vida real?¿es la imaginación de Nicódemo?¿la de Max?¿un lugar intermedio? ¿todos y ninguno?...- por el que los diversos personajes transitan. Max elabora ese elegante artificio narrativo desde la simplicidad y el esquematismo que ha ido marcando progresivamente su trayectoria y que en “Vapor” alcanza su máxima expresión sin dejar por ello de resultar fascinante, especialmente en las páginas que Nick dialoga con su sombra utilizando esta como elemento separador de las viñetas.
Vapor”, como la mayor parte de la obra de Max, es enigmática e indisoluble, un misterio en el que las preguntas se superponen a las respuestas en una perfecta unión de simplicidad y sofisticación, esquematismo y complejidad, una elipsis existencial y onírica que nos sugiere hacer parón en nuestras ajetreadas vidas contemporáneas para, desde la sonrisa, leer y releer, pensar y repensar. No es mal consejo.

Max ha creado un blog en el que explica los secretos de la obra.

4 comentarios:

Xisco Bernal Tortosa dijo...

Gracias Pablo por tu escrito que supera con mucho el de Laura Fernández que acabo de leer en ELMUNDO. Qué bien te explicas y resumes! Felicidades de p_arte ad_mirador de Max y desde hoy tuyo también.

PAblo dijo...

Xisco Bernal Tortosa,

Bienvenido.

Creo que es conveniente que aclares que no eres familia mía ni te he pagado para que hagas ese comentario. ;-P

Gracias.

Impacientes Saludos.

Ernesto dijo...

Una duda existencial: La página 109es totalmente blanca, y puede tener sentido desde un punto de vista narrativo, pero como aparece sin numerar, y dados los antecedentes de la Cúpula (estoy pensando en el Louis Riel), no se si estamos ante un fallo de edición. De todas formas no entiendo que no se numere la página.



PAblo dijo...

Ernesto,

A mí me surgió la misma duda, pero yo creo que es un recurso de Max porque sirve para varias cosas:

- Señlar el fin de la historia principal y la intro del epílogo.

- Reforzar la consecuencia final con la desintegración definitiva de Nicodemo.

Que se salten la numeración refuerza que no sea un error, en mi opinión; pero claro, vete tú a saber...Si lo fuese, supongo que Max o La Cúpula ya lo habrían advertido.

Impacientes Saludos.